miércoles 15 de julio de 2009

POBRE DE MI

Para lo entendidos las palabras sobran. Pero como puedo adivinar que los bachilleres del Colegio Robledo de Calarcá de 1978 no tienen muchos nexos con las fistas sanfermineras de Pamplona, pues ahí les va el siguiente vínculo, para que después no digan que le hablo en chino -o en euskera, que es una de las lenguas de los festejantes.

http://www.sanfermin.com/old/guia/pobredemi.shtml

No creo que el sentimiento de los pamploneses pueda compararse con la de los calarqueños cada 29 de junio, pero algo habrá que permita su entendimiento.
Recuerdan mis excolegiantes las fiestas aniversarias de Calarcá de 1978, con kioskos en los alrededores de la Plaza de Bolivar, música que era imposible individualizar y, claro, a La Docena Juvenil?

martes 30 de junio de 2009

¡JULIO!

Claro que no he olvidado que aún nos quedan unas horas para que termine el mes que precede a JULIO, vaya, que tiene gracia; tiene encanto y algo más:
Cómo explicarlo. . . JULIO tiene El Tour de Francia, con transmisión en directo por TV, además de los Sanfermines, de Pamplona, también con transmisisón por TV, cada mañana a las 8:00. es también el primer mes veraniego y vacacional de hemisferio norte, lo que se traduce en días de más de quince horas de luz, por estas tierras mediterráneas, así que la tentación de la playa es cada día mayor -hasta que nos dejamos arrastrar por ella y terminamos con arena hasta en el pensamiento.
Ya el año pasado hacía alguna alusión a lo del Tour, he de confesarlo, me encanta dormitar al son de las transmisiones, si, dormitar, las más de las veces los párpados terminan vencidos por la fuerza de la gravedad. Pero bueno, la disculpa está más que justificada, cada tarde, después de comer (almorzar colombianamente hablando) , sobre las tres y media o cuatro ciclismo con somnífero, y ello durante tres semanas (no sé aún cómo me soportan en la casa).
En cuanto a los Sanfermines, el cuento es bien distinto, a las ocho en punto de la mañana, desde la Capital del Reino de Navarra, transmisión en directo de los encierros, en esos no me duermo, no hay riesgo, sólo duran cuatro o seis minutos cuando mucho y ya estoy bañado, desayunado y vestido; listo para salir para el trabajo (de lunes a viernes) y me dejo llevar por los carreras, los cuernos, las caidas y lo mejor de todo: Las envestidas, quinientos kilos de empuje sobre el fulano que no pasa de ochenta, el resultado es previsible, hagan cálculos. . .
Buenos, queridos compañeros de trajin robledista, bachilleres de 1978, calarqueños y demás, no me juzgueis con precipitud, ruedas y cascos tiene su encanto.´

lunes 22 de junio de 2009

¿Estará Guilligan en su isla?

No estoy muy seguro, pero quizás fue en alguno de los campeonatos departamenteales de baloncesto que se celebraban en la, entonces, Escuela Atanasio Girardot, donde a Carlos Mario Vargas, le colocaron el apodo de Guilligan, rememorando al famoso personaje de televisión. Esa serie gringa que aún disfrutábamos en los tiempos del bachillerato. Años ya lejanos en los cuales la televisión en color estaba apenas en pañales y sólo algunos “niños bien” del pueblo, como Luis Fernando Zuluaga la tenían en sus casas, en la Calarcá de finales de los años 70.

Pero ese era el apodo su apodo más popular de los últimos años de Bachillerto. Porque el sobrenombre con el que lo recordamos la mayoría de los que estudiamos tercero A en el Colegio Robledo era “El arrancayucas de La Bella”. Para ser más exaxtos un apodo que compartimos con él.

Aunque no tengo el recuerdo preciso del primer encuentro, puedo asegurar que a Carlos Mario, lo conocí en la concentración rural agrícola Baudilio Montoya, colegio semioficial del comité departamental de cafeteros al que me ingresaron mis padres por temor a las recurrentes huelgas en el Colegio Robledo.

Aprovecharon que la abuela Inés Londoño tenía una finca en la vereda el Danubio y arguyeron mi condición campesina. El colegio Baudilio Montoya, llevaba o lleva, creo, el nombre de ese poeta que marcó mi inclinación literaria. Tenía unos profesores de leyenda, don José Jota Bustamante, entre ellos. Un viejo bello y altivo, nimbado por una cabeza alba, que tenía un lejano parentesco con mi familia. Además de vicerrector académico, era el profesor de español y con él recuperé el amor a la literatura que ya había sembrado en mí, el abuelo Pedro Nel, pero que había enterrado en quinto de primaria el profesor Wilson Galvis.

En ese colegio, conocido coloquialmente como el Colegio La Bella, se fomentaba además de la vocación agraria y la vocación del trabajo cooperativo, los altos valores desde una conciencia laica y libertaria. Recuerdo que en la cátedra de religión, se enseñaba precisamente eso exactamente: la historia de las religiones en el mundo y no la excluyente visión católica de la que participábamos, aún, la mayoría de los estudiantes. Y si mi memoria no falla, el nombre del profesor era Gildardo Botero.

Los viernes, en una plenaria democrática, sesionaba el colegio en un ritual simbólico que favorecía la expresión de los alumnos y el cultivo de sus talentos. En una de esas jornadas recuerdo que hicimos un número de payasos con Carlos Mario Vargas para representar a Primero A. Luego, nos atrevimos a declamar en público nuestros personales repertorios de poesía popular.

Carlos Mario tenía un catálogo de poemas del Indio Duarte que aflojaban las lagrimas y conjuraban los suspiros de los oyentes.

En un entrevero de gente, copas carteos y risas
Se desflecaba la tarde sacándole punta al vicio

En un tranquero del mostrador se desflecaba la tarde
sacándole punta al vicio (cito de memoria)

empezaba sus presentaciones Carlos Mario, con una dicción maravillosa acompañada de unos gestos armónicos que ponían en el escenario al guapetón del pueblo, a la mama regañona de “La guaja” o al campesino insumiso que increpaba a Dios por la maldad de los hombres que lo habían vuelto malo y le habían puesto dientes de lobo, a él que era un cordero.


Mi repertorio se apoyaba en la poesía popular de Juan de Dios Peza y de Baudilio Montoya que me había enseñado desde muy pequeño el abuelo pedronel.

Yo fui argonauta, fui en marinero de noble pauta que el horizonte miró pasar
Mi barco supo tumbos
violentos entre los vientos que despeinaban locos el mar.
Ciegos paises de cielos grises vieron mi planta de viajador
y trás el paso de cien desiertos, llegué a cien puertos
y en cada puerto tuve un amor (cito de memoria)

Ese ejercicio de saltimbanquis precoces, llamó la atención de Don Jose Jota y fuimos llamados a la vicerrectoria.

El viejo bello, que nos enseñaba la gramática a partir de las noticias de los diarios y de su personal antología de cuentos como “Que pase el aserrador” o “Pedro el leve” y a enamorarnos de la literatura a través de la buena dicción y los acentuación anímica del narrador y sus protagonistas, nos invitó a representar a La Bella, en la tradicional Semana Intercolegiada de la Cultura, en el Colegio San José. Y así empezó una amistad cómplice que nos llevo a participar en distintas actividades culturales y formativas. Entre ellas recuerdo su participación, en los tiempos del Colegio Robledo, en el Grupo de Formación Cultural Alfa, que creamos con Luis Fernando Londoño Daza; y una visita a la cárcel de Peñas Blanca en el “día de las mercedes” y la alegría de los reclusos con la representación de “El toque de queda” que dirigió un joven teatrero quindiano, quizás vinculado a la izquierda colombiana, de apellido Maecha.

En segundo año y muy a pesar de Jose Jota Bustamante y de doña Graciela, fui expulsado de ese colegio cuya la excelencia residía en el amor con que cada uno de sus profesores enseñaban sus materias: La Historia griega y romana reinterpretada en la voz del profesor Bonel, La Geografía colombiana en la didáctica de don Darío Montoya, El español en la amorosa actitud de Jose Jota Bustamante, La matemática en la claridad del joven Gildardo Valencia.

Otros fueron los motivos que obligaron a migrar a Carlos Mario. Si no me equivoco, fue el cambio de oficio de su padre que llevó a toda su familia a residir en la cabecera del pueblo: Doña Pastora, la madre; Wilmar y Cecilia, sus hermanos mayores; y una hermana menor casi contemporánea cuyo nombre mi memoria ya no registra.

Lo cierto es que los dos nos encontramos en el Tercero A del colegio Robledo, con una preparación superior a la de nuestros compañeros de pupitre. Y cuando algún profesor preguntaba algo, las manos culiprontas de los dos estudiantes de la Bella estaban levantadas para asumir la respuesta.

Para recordarnos nuestra procedencia campesina y con algo de envidia, nos bautizaron los Arrancayucas de La Bella. Y aunque el tiempo y la calidad de la enseñanza nos igualaron en notas e intereses, obtuvimos el mayor puntaje del colegio en los exámenes del ICFES. Puntajes inconcebibles para algunos compañeros que los explicaban desde la suerte de la prueba. Guarismos que superaron, incluso, a uno de los mejores bachilleres de todos los tiempos: el inolvidable José Jota Arbelaez, profesor, en la actualidad de una universidad norteamericana. Que no es poco mérito.

Con Guiligan compartíamos el disfrute juvenil de las despedidas interminables. A altas horas de la noche y sin otro motivo que la imperiosa verbosidad de explicarnos el mundo y darle sentido, nos acompañabamos hasta la puerta de la casa para despedirnos. Pero eran tal el número de preocupaciones que partíamos de nuevo a acompañar al otro a la puerta de su casa. Ensimismados en las comprensiones, recorríamos por enésima vez, con el lúcido ensimasmiento de los sonábulos, la ruta entre la calle 38 y el barrio de Las Camelias; hasta que la voz imperiosa de algún adulto ponía fin a las conversaciones pantagruélicas.

La dispersión de mis intereses me llevaron a jugar básquetbol. Sólo a practicarlo, señalarían con propiedad los integrantes del equipo Asterix. Carlos Mario fue invitado alguna vez a reforzar el equipo en uno de los tantos los campeonatos y se presentó con su estatura jirafal, sus manos largas y huesudas que abarcan bien el balón, un sombrero de pescador y un desparpajo para el juego, que recordaba a Gilligan, el personaje que citamos al principio de esta remembraza. De allí su segundo y más popular remoquete. Guiligan se convirtió en la esperanza para los asiduos espectadores de los campeonatos regionales que se realizaban en la cancha de la escuela Atanasio Girardot. Carlos Arturo Patiño, ahora gerente de Quindío Café y Sabor, podría ayudarme a precisar este recuerdo. Y cuanto se lo agradeceríamos desde su chispa humorística. El no solo, no me dejaría mentir, sino que acomodaría el relato a una forma tan real y jocosa que la verdad terminaría siendo la suya.

Guilligan se graduó con los honores del Icfes, se formó como Terapeuta en la Universidad del Valle y un día partió para los Estados Unidos. Desde entonces solo tengo noticias lejanas, como las tengo de Luis Fernando “El Mono” Marín, quien también habita esas tierras. Pero nunca olvido el banquete de información y de utopías que nos abrieron los ojos al universo de las preocupaciones adultas en las largas jornadas peripatéticas compartidas con Gilligan.

Ojalá él, u otro compañero de promoción, habitante o habitanta del Calarcá de entonces, me ayudara a precisar, ahora, esos recuerdos difusos que ya parecen entrar en el terriotorio de la mitología gracias la iniciativa de Luis Fernando Noreña.

martes 16 de junio de 2009

Casi un mes

Sí, por un día no completo el mes sin escribirle a los olvidados y abandonados Bachilleres del Colegio Robledo de Calarcá de 1978. . .
Jóder, cómo pasa de rápido el tiempo cuando uno está ocupado; bueno, no tanto como ocupado, digamos que dicipado en algunos menesteres menores (cambio de casa, o piso como dicen por acá por estas levantinas tierras; claro que cambiar casa implica reunir y recoger todas sus miserias, cargarlas -ayudado por algunos parroquianos ¡que nunca faltan!- transportarlas y luego descargarlas en el sitio preestabledio -cuarta altura, y sin ascensor- y ahí empieza lo bueno: Ponerse uno de acuerdo con la consorte sobre el qué, el cómo, en dónde y el cuándo, además de todos los porqués y sus respectivas consideraciones, para todas y cada una de las pequeñas cosas que hemos acumulado a través del tiempo: Desde la cama hasta la papelera, pasando por sillones, cuadros. . . Así que ya vamos en la tercera semana de esta mini tragedia de no sé cuántos actos y aún no termina. Pero ahí no para la cosa, además de los menesteres diarios del trabajo, porque hay que trabajar, ahora ando en la renovación del permiso de residencia y trabajo, para lo cual debo tener el pasaporte al día -y se venció desde mayo- y claro el eficiente consulado de Colombia en Valencia me concede cita para abril del 2010, así que he dedicado más de media mañana del hoy, para que me "ayudaran" a resolver el problemita, me dan cita para el 15 de julio, un mes de espera en lugar de diez. Ahora viene el cambio de registro en el Padrón municipal -en España hay que mantener actualizada la dirección donde uno reside en un registro oficial que se llama Padrón y para muchos trámites se requiere certificado de empadronamiento-Además, nos queda actualizar la dirección en los bancos y demás sitios desde donde recibe uno correspondencia, cambiarnos de ambulatorio (centro médico), a la zona de la nueva residencia; y algunos otras nimiedades que no alcanzo a recordar de momento) lo que me lleva a treita días de abandono casi total, y digo casí, porque la cita simpre estaba ahí, pendiente, llamando, haciendo señales desde el rincón, tratando de que le hicieran caso.
Hoy fue el día, un saludo a los contertulios que nos hicimos compañía, por allá en lo años mozos, entre cuadernos, profesores y clases. . .

lunes 18 de mayo de 2009

Merio Benedetti



A TIENTAS

Se retrocede con seguridad

pero se avanza a tientas

uno adelanta manos como un ciego

ciego imprudente por añadidura

pero lo absurdo es que no es ciego

y distingue el relámpago la lluvia

los rostros insepultos la ceniza

la sonrisa del necio las afrentas

un barrunto de pena en el espejo

la baranda oxidada con sus pájaros

la opaca incertidumbre de los otros

enfrentada a la propia incertidumbre

se avanza a tientas / lentamente

por lo común a contramano

de los convictos y confesos

en búsqueda tal vez

de amores residuales

que sirvan de consuelo y recompensa

o iluminen un pozo de nostalgias

se avanza a tientas/ vacilante

no importan la distancia ni el horario

ni que el futuro sea una vislumbre

o una pasión deshabitada

a tientas hasta que una noche

se queda uno sin cómplices ni tacto

y a ciegas otra vez y para siempre

se introduce en un túnel o destino

que no se sabe dónde acaba.

NOTA No sé si pueda establecerse una relación directa, o al menos tangencial, entre el escritor, que acaba de dejarnos y los egresados como Bachilleres del Colegio Robledo de Calarcá en 1978. Pero no pude evitar, a manera de imperceptible homenaje, publicar su fotografía y uno de sus tantos poemas...

jueves 30 de abril de 2009

Abril se va. . .se fue

Como cada año, una vez cumple los treinta, nos deja, puntualito, no falla.

Y con abril se va el frio, al menos por este litoral mediterráneo español, ya la primavera toma forma y el calorcito se deja sentir, adios cobijas, mantas, abrigos, chaquetas y demás, ya casi es hora de la pantaloneta y las chanclas (para la playa, que me queda a 10 minutos en tranvía -y no es que pretenda despetar envidias, no, qué va; no va conmigo).

Así que bienvenido el buen tiempo, que es como solemos llamarle cuando la lluvia no es frecuente y el frío no nos acompaña.

Cómo cambian las cosas, hace treinta años los paseos acuáticos de los bachilleres del Colegio Robledo de Calarcá no pasaban del rio Santodomingo y, como mucho del Rio Quindío. No sé quiénes tendrían la fortuna de aventurarse por La Albania, que implicaba a más del transporte, el pago de la entrada.

Y como nuestra naturaleza era, y sigue siendo, algo silvestre, pues teníamos nuestros sitios de escape: El Morro y el cerro del Castillo, Peñas Blancas, los chorros de San Rafael. Además, en las Vueltas a Colombia no faltaba la asfáltica subida de La Línea -esto es un decir, los que llegaban hasta allí no sé quiénes serían; yo, cuando mucho, hasta la Divisa o hasta el Hoyo y algunas veces sólo hasta la virgen blanca-.

Cómo pasa el tiempo (que aún no pesa, eh), y como nos cambia la vida o será mejor decir, cómo cambiamos con ella. Nostalgias, morriñas, saudades, añoranzas. . . llámenlas como quieran, están ahí, son parte de nuestra historia, que es la vida misma.

miércoles 15 de abril de 2009

Robledistas

Según puede leerse en una edición de la revista El Robledista, de 1967, sobre el colegio Robledo de Calarcá: "Su fundación se inició en 1928 como escuela de Comercio, y en 1932 pasó a ser Bachillerato... Su aprobación le fue concedida por la resolución No. 3142 de noviembre 14 de 1952."

"Su nombre actual de ROBLEDO se debe a que la Asamblea de Caldas, al hacer la departamentalización del establecimiento quiso hacer un homenaje al Dr. Emilio Robledo Uribe, gran benefactor de la educación caldense."

Estos datos me llevaron a las siguientes cabilaciones:

- Uno pasaba por el Colegio sin darse apenas cuenta de la institución donde estudiaba. ¿Quién, de los egresados en 1978, se dió por enterado que en ese año se cumplían los primeros cincuenta años de vida de la instutución que nos concedería el título de bachilleres? Ninguno, y casi puedo afirmar que los profesores y directivos también lo pasaron por alto, o se lo guardaron muy bien guardado, o lo celebraron a puerta cerrada, vaya uno a saber.


- Ahora bien, que el nombre del Robledo no era un homenaje al conquistador espàñol que por estas tierras había dejado sus huellas quinientos años atrás, tampoco era algo que se mencionara, por lo menos yo no llegué a escucharlo.


- La vida institucional se circunscribía básicamente a las matrícula anual, las clases con sus evaluaciones y las reuniones de padre de familia, con entrega de calificaciones incluida -y las vacaciones y los paros o huelgas de profesores y alumnos- poco más; la semana de la cultura, y alguna publicación fruto de la iniciativa de los alumnos, como lo fue el peródico JUVENTUD en 1978, lo mismo que la revista Eco Robledista de 1972, de la que poseo un desbaratado ejemplar del numero 1 de septiembre y El Robledista de 1967, del que conservo un ejemplar parcial (a partir de la página 23) y bastante maltrecho.
- No recuerdo haber hecho una formación durante los dos últimos años de estudio, y sé que en los cuatro anteriores sin se realizaron formaciones fueron casos excepcionales. Izadas de bandera? Nunca, jamás de los jamases, recuerdo que el asta si vivia por ahí, pero de su uso no guardo memoria. . . y no creo que él tampoco, tan huérfano de bandera.
Hubo una ocasión, histórica por cierto y la única que recerdo, en la que el Señor Rector, don Bernardo Ruiz S. hizo acto de presencia frente a toda la institución. El año no lo preciso, pero el acontecimiento sí, marchabamos los estuantes cerro abajo, por el caminito pavimentado que conduce al pueblo, entonando gritos de protesta, llenos de arrebato y enardecidos por el espíritu de lucha que tanto no descaracterizaba por aquellas calendas; y ya al final del camino, en las inmediaciones del ìnmortal Pacual Polvero (la cancha de futbol, para los de memoria fina) se nos apareció el rector, colocándose con toda su humanidad en medio del camino; ¿qué dijo?, ¿a que nos retó? ¿impartió alguna orden? No lo recuerdo, pero lo que si es cierto es que todos los estudiantes haciendo eco de su fuerza y vigor, dimos media vuelta y volvimos a las instalaciones del Colegio.
¿Qué pasó realmente aquel día? ahí les dejo ese trompo bailando en la punta de la uña.