martes, 1 de diciembre de 2009
Buenas intenciones
viernes, 6 de noviembre de 2009
ONCE DE NOVIEMBRE
Qué se celebra o conmemora los once de noviembre? El Reinado de la Belleza de don Raimundo, el hijo de doña Entera, y su corte de diseñadores, cartageneros todos ellos por vocación o adopción.
Cuántos recuerdan lo ocurrido en 1811 en la Heroíca? Y, a quién le importa? -con el perdón de los historiadores, claro esta- Será que en esta fecha asomarán a las ventanas de nuestras casas las tricolores que tanto nos significan? (y dele con las banderas!).
A propósito de fistas patrias, izadas de bandera y celebraciones, si mal no recuerdo, en el Colegio Robledo de Calarcá, se pasaban por alto todas estas fechas, no había actos conmemorativos ni cosa por el estilo, al menos hasta 1978, depués no lo sé, es posible que puede que tal vez quien sabe. . .
Lo cierto es que los bachilleres de 1978 podemos dar fé de no haber contado entre nuestras huestes a ningún miembro con banderita en el pecho, puede que tuvieran alfileres, algunos eran muy punantes, pero de banderitas nada.
Ahora bién, de haberse dado este feliz acontecimiento, a cuál de ellos se le habría entregado el honor de representarnos es tan digna faena? No me vengan ahora a decir que a Jota, porque sería demasiado obvio.
Un abrazo a todos.
martes, 13 de octubre de 2009
OTRO DOCE DE OCTUBRE
viernes, 18 de septiembre de 2009
Roma y la memoria
Visité Roma la semana pasada, en plan familiar, y claro los referentes obligados: El Coliseo Romano (del que todos hemos oído hablar y visto en fotografías y a través de documentales y películas) Los vestigios arqueológicos de la Roma antigua, con sus referencias y reseñas (para turistas, el debil esbozo de un rico pasado), monumentos alusivos a la historia reciente, como los de Vitorio Emanuele y Urbano I, que suenan a chino, porque de ello ni idea; también El Vaticano, con sus museos y Basílica.
Sin dejar de lado la archifamosa Fontana de Trevi, llena siempre de gente en plan fotográfico, porque la fotográfía ahora se ha vuelto plaga en todas partes, con el recurso digital, se ha masificado de manera estruendosa.
Traté de recuperar algo de lo que nos contaban en esas clases, pero la memoria engaña, te revuelve clases, libros, artículos, películas, documentales, noticias y no sé qué más cosas, formando una maraña indescifrable, no pudiendo aclarar si esta o aquella pertenecen a ese o a aquel; entonces, para no morir en el intento, lo dejé así. Lo tengo claro, algo nos debieron contar de Romulo y Remo, de los Césares, del Imperio y su caída, de los Papas, lo mismo que de los acontecimientos que marcaron el siglo XX y que terminaron haciéndo de este mundo lo que es hoy geopolíticamente.
Y a qué viene todo esto?
Pues es la mejor manera de justificarme por la ausencia, contarles que por estar viajando y departiendo con mi hermana y su hija, hasta me estaba olvidando del blog, pero que una vez regresado a Valencia, todo vuelve a su curso y retomo las tareas y compromisos, como este que me he impuesto para con los bachilleres del Colegio Robledo de Carlarcá , de 1978.
NOTA FINAL: Un más de la lista: He ubicado a Luis Fernando Marín Garcés, "El Mono Marin" como siempre se le ha referenciado, imagino que para diferenciarlo del otro Fernando Marín "Pepillo" que no es que fuera muy rubio que digamos. Lo pude contactar vía telefónica, quedándome pendiente su dirección de correo. Vive en USA, lo mismo que Carlos Mario Vargas A. y José Jesús Arbeláez M. ¿Cuántos más de la lista vivirán allí?
martes, 25 de agosto de 2009
1978 -Y DELE CON LO MISMO-
Como ya lo sabrán algunos, la delegación Calarqueña en España está llamada a reducirse, no por motivos económincos, a pesar de la crisis; si no por otros de mayor calado. Ahora bien, que no será la primera baja, de eso puedo estar seguro a pesar de no disponer de datos, y no tendría mayor relevancia, ni ocuparía espacio en este esperpento, pero como el autorepatriado fue bachiller del Colegio Robledo de Calarcá, por allá en 1978, no hay remedio, imposible ignorarlo.
Efectivamente, nos deja el Padre Camilo, después de haber trasegado por difertentes caminos peninsulares, con estancías en Madrid y la Seu D´Urgell -y muchos otros sitios, no sólo de España sino de vecinos paises. Fue muy grato tenerlo en Valencia en la Fallas del 2007.
Camilo Augusto Sánchez Herrera, feliz viaje y mejor estancia.
martes, 18 de agosto de 2009
9´58´´
. . .
viernes, 24 de julio de 2009
CASAS VISITADAS
miércoles, 15 de julio de 2009
POBRE DE MI
http://www.sanfermin.com/old/guia/pobredemi.shtml
martes, 30 de junio de 2009
¡JULIO!
lunes, 22 de junio de 2009
No estoy muy seguro, pero quizás fue en alguno de los campeonatos departamenteales de baloncesto que se celebraban en la, entonces, Escuela Atanasio Girardot, donde a Carlos Mario Vargas, le colocaron el apodo de Guilligan, rememorando al famoso personaje de televisión. Esa serie gringa que aún disfrutábamos en los tiempos del bachillerato. Años ya lejanos en los cuales la televisión en color estaba apenas en pañales y sólo algunos “niños bien” del pueblo, como Luis Fernando Zuluaga la tenían en sus casas, en la Calarcá de finales de los años 70.
Pero ese era el apodo su apodo más popular de los últimos años de Bachillerto. Porque el sobrenombre con el que lo recordamos la mayoría de los que estudiamos tercero A en el Colegio Robledo era “El arrancayucas de La Bella”. Para ser más exaxtos un apodo que compartimos con él.
Aunque no tengo el recuerdo preciso del primer encuentro, puedo asegurar que a Carlos Mario, lo conocí en la concentración rural agrícola Baudilio Montoya, colegio semioficial del comité departamental de cafeteros al que me ingresaron mis padres por temor a las recurrentes huelgas en el Colegio Robledo.
Aprovecharon que la abuela Inés Londoño tenía una finca en la vereda el Danubio y arguyeron mi condición campesina. El colegio Baudilio Montoya, llevaba o lleva, creo, el nombre de ese poeta que marcó mi inclinación literaria. Tenía unos profesores de leyenda, don José Jota Bustamante, entre ellos. Un viejo bello y altivo, nimbado por una cabeza alba, que tenía un lejano parentesco con mi familia. Además de vicerrector académico, era el profesor de español y con él recuperé el amor a la literatura que ya había sembrado en mí, el abuelo Pedro Nel, pero que había enterrado en quinto de primaria el profesor Wilson Galvis.
En ese colegio, conocido coloquialmente como el Colegio La Bella, se fomentaba además de la vocación agraria y la vocación del trabajo cooperativo, los altos valores desde una conciencia laica y libertaria. Recuerdo que en la cátedra de religión, se enseñaba precisamente eso exactamente: la historia de las religiones en el mundo y no la excluyente visión católica de la que participábamos, aún, la mayoría de los estudiantes. Y si mi memoria no falla, el nombre del profesor era Gildardo Botero.
Los viernes, en una plenaria democrática, sesionaba el colegio en un ritual simbólico que favorecía la expresión de los alumnos y el cultivo de sus talentos. En una de esas jornadas recuerdo que hicimos un número de payasos con Carlos Mario Vargas para representar a Primero A. Luego, nos atrevimos a declamar en público nuestros personales repertorios de poesía popular.
Carlos Mario tenía un catálogo de poemas del Indio Duarte que aflojaban las lagrimas y conjuraban los suspiros de los oyentes.
En un entrevero de gente, copas carteos y risas
Se desflecaba la tarde sacándole punta al vicio
En un tranquero del mostrador se desflecaba la tarde
sacándole punta al vicio (cito de memoria)
empezaba sus presentaciones Carlos Mario, con una dicción maravillosa acompañada de unos gestos armónicos que ponían en el escenario al guapetón del pueblo, a la mama regañona de “La guaja” o al campesino insumiso que increpaba a Dios por la maldad de los hombres que lo habían vuelto malo y le habían puesto dientes de lobo, a él que era un cordero.
Mi repertorio se apoyaba en la poesía popular de Juan de Dios Peza y de Baudilio Montoya que me había enseñado desde muy pequeño el abuelo pedronel.
Yo fui argonauta, fui en marinero de noble pauta que el horizonte miró pasar
Mi barco supo tumbos violentos entre los vientos que despeinaban locos el mar.
Ciegos paises de cielos grises vieron mi planta de viajador
El viejo bello, que nos enseñaba la gramática a partir de las noticias de los diarios y de su personal antología de cuentos como “Que pase el aserrador” o “Pedro el leve” y a enamorarnos de la literatura a través de la buena dicción y los acentuación anímica del narrador y sus protagonistas, nos invitó a representar a La Bella, en la tradicional Semana Intercolegiada de la Cultura, en el Colegio San José. Y así empezó una amistad cómplice que nos llevo a participar en distintas actividades culturales y formativas. Entre ellas recuerdo su participación, en los tiempos del Colegio Robledo, en el Grupo de Formación Cultural Alfa, que creamos con Luis Fernando Londoño Daza; y una visita a la cárcel de Peñas Blanca en el “día de las mercedes” y la alegría de los reclusos con la representación de “El toque de queda” que dirigió un joven teatrero quindiano, quizás vinculado a la izquierda colombiana, de apellido Maecha.
En segundo año y muy a pesar de Jose Jota Bustamante y de doña Graciela, fui expulsado de ese colegio cuya la excelencia residía en el amor con que cada uno de sus profesores enseñaban sus materias: La Historia griega y romana reinterpretada en la voz del profesor Bonel, La Geografía colombiana en la didáctica de don Darío Montoya, El español en la amorosa actitud de Jose Jota Bustamante, La matemática en la claridad del joven Gildardo Valencia.
Otros fueron los motivos que obligaron a migrar a Carlos Mario. Si no me equivoco, fue el cambio de oficio de su padre que llevó a toda su familia a residir en la cabecera del pueblo: Doña Pastora, la madre; Wilmar y Cecilia, sus hermanos mayores; y una hermana menor casi contemporánea cuyo nombre mi memoria ya no registra.
Lo cierto es que los dos nos encontramos en el Tercero A del colegio Robledo, con una preparación superior a la de nuestros compañeros de pupitre. Y cuando algún profesor preguntaba algo, las manos culiprontas de los dos estudiantes de la Bella estaban levantadas para asumir la respuesta.
Para recordarnos nuestra procedencia campesina y con algo de envidia, nos bautizaron los Arrancayucas de La Bella. Y aunque el tiempo y la calidad de la enseñanza nos igualaron en notas e intereses, obtuvimos el mayor puntaje del colegio en los exámenes del ICFES. Puntajes inconcebibles para algunos compañeros que los explicaban desde la suerte de la prueba. Guarismos que superaron, incluso, a uno de los mejores bachilleres de todos los tiempos: el inolvidable José Jota Arbelaez, profesor, en la actualidad de una universidad norteamericana. Que no es poco mérito.
Con Guiligan compartíamos el disfrute juvenil de las despedidas interminables. A altas horas de la noche y sin otro motivo que la imperiosa verbosidad de explicarnos el mundo y darle sentido, nos acompañabamos hasta la puerta de la casa para despedirnos. Pero eran tal el número de preocupaciones que partíamos de nuevo a acompañar al otro a la puerta de su casa. Ensimismados en las comprensiones, recorríamos por enésima vez, con el lúcido ensimasmiento de los sonábulos, la ruta entre la calle 38 y el barrio de Las Camelias; hasta que la voz imperiosa de algún adulto ponía fin a las conversaciones pantagruélicas.
La dispersión de mis intereses me llevaron a jugar básquetbol. Sólo a practicarlo, señalarían con propiedad los integrantes del equipo Asterix. Carlos Mario fue invitado alguna vez a reforzar el equipo en uno de los tantos los campeonatos y se presentó con su estatura jirafal, sus manos largas y huesudas que abarcan bien el balón, un sombrero de pescador y un desparpajo para el juego, que recordaba a Gilligan, el personaje que citamos al principio de esta remembraza. De allí su segundo y más popular remoquete. Guiligan se convirtió en la esperanza para los asiduos espectadores de los campeonatos regionales que se realizaban en la cancha de la escuela Atanasio Girardot. Carlos Arturo Patiño, ahora gerente de Quindío Café y Sabor, podría ayudarme a precisar este recuerdo. Y cuanto se lo agradeceríamos desde su chispa humorística. El no solo, no me dejaría mentir, sino que acomodaría el relato a una forma tan real y jocosa que la verdad terminaría siendo la suya.
Guilligan se graduó con los honores del Icfes, se formó como Terapeuta en la Universidad del Valle y un día partió para los Estados Unidos. Desde entonces solo tengo noticias lejanas, como las tengo de Luis Fernando “El Mono” Marín, quien también habita esas tierras. Pero nunca olvido el banquete de información y de utopías que nos abrieron los ojos al universo de las preocupaciones adultas en las largas jornadas peripatéticas compartidas con Gilligan.
Ojalá él, u otro compañero de promoción, habitante o habitanta del Calarcá de entonces, me ayudara a precisar, ahora, esos recuerdos difusos que ya parecen entrar en el terriotorio de la mitología gracias la iniciativa de Luis Fernando Noreña.
martes, 16 de junio de 2009
Casi un mes
lunes, 18 de mayo de 2009
Merio Benedetti

Se retrocede con seguridad
pero se avanza a tientas
uno adelanta manos como un ciego
ciego imprudente por añadidura
pero lo absurdo es que no es ciego
y distingue el relámpago la lluvia
los rostros insepultos la ceniza
la sonrisa del necio las afrentas
un barrunto de pena en el espejo
la baranda oxidada con sus pájaros
la opaca incertidumbre de los otros
enfrentada a la propia incertidumbre
se avanza a tientas / lentamente
por lo común a contramano
de los convictos y confesos
en búsqueda tal vez
de amores residuales
que sirvan de consuelo y recompensa
o iluminen un pozo de nostalgias
se avanza a tientas/ vacilante
no importan la distancia ni el horario
ni que el futuro sea una vislumbre
o una pasión deshabitada
a tientas hasta que una noche
se queda uno sin cómplices ni tacto
y a ciegas otra vez y para siempre
se introduce en un túnel o destino
que no se sabe dónde acaba.
NOTA No sé si pueda establecerse una relación directa, o al menos tangencial, entre el escritor, que acaba de dejarnos y los egresados como Bachilleres del Colegio Robledo de Calarcá en 1978. Pero no pude evitar, a manera de imperceptible homenaje, publicar su fotografía y uno de sus tantos poemas...
jueves, 30 de abril de 2009
Abril se va. . .se fue
Y con abril se va el frio, al menos por este litoral mediterráneo español, ya la primavera toma forma y el calorcito se deja sentir, adios cobijas, mantas, abrigos, chaquetas y demás, ya casi es hora de la pantaloneta y las chanclas (para la playa, que me queda a 10 minutos en tranvía -y no es que pretenda despetar envidias, no, qué va; no va conmigo).
Así que bienvenido el buen tiempo, que es como solemos llamarle cuando la lluvia no es frecuente y el frío no nos acompaña.
Cómo cambian las cosas, hace treinta años los paseos acuáticos de los bachilleres del Colegio Robledo de Calarcá no pasaban del rio Santodomingo y, como mucho del Rio Quindío. No sé quiénes tendrían la fortuna de aventurarse por La Albania, que implicaba a más del transporte, el pago de la entrada.
Y como nuestra naturaleza era, y sigue siendo, algo silvestre, pues teníamos nuestros sitios de escape: El Morro y el cerro del Castillo, Peñas Blancas, los chorros de San Rafael. Además, en las Vueltas a Colombia no faltaba la asfáltica subida de La Línea -esto es un decir, los que llegaban hasta allí no sé quiénes serían; yo, cuando mucho, hasta la Divisa o hasta el Hoyo y algunas veces sólo hasta la virgen blanca-.
Cómo pasa el tiempo (que aún no pesa, eh), y como nos cambia la vida o será mejor decir, cómo cambiamos con ella. Nostalgias, morriñas, saudades, añoranzas. . . llámenlas como quieran, están ahí, son parte de nuestra historia, que es la vida misma.
miércoles, 15 de abril de 2009
Robledistas
viernes, 3 de abril de 2009
Santa?, semana.
domingo, 22 de marzo de 2009
FALLAS?
sábado, 21 de marzo de 2009
EL ROBLEDO ESTUVO DE FALLAS EN VALENCIA
Los amigos son los hermanos que uno elige, los profesores son unos padres prestados. Innumerables son los hermanos que he escogido a lo largo de mi existencia y muchos los padres prestados que recuerdo con especial cariño. Particularmente aquellos que compartieron y me padecieron en mi adolescencia. Y aún me siguen padeciendo. A diferencia de unos pocos amigos y profesores en la universidad y otros en el desempeño profesional, los amigos del colegio son quienes siguen presentes con mayor intensidad en la suma de afectos. Qué iba a imaginar don Anibal, el profesor de Física, que ese niño juicioso, sin duda el mejor estudiante que tuvo el Colegio Robledo en todos sus tiempos, a quien hizo llorar dándole la infundada noticia de haber perdido una nota bimestral, llegaría a ser viceministro de salud y profesor reconocido en una Universidad Norteamericana. Jotica lo llamábamos con cariño, a pesar de los aguijonazos de El Alacrán. El profesor José Jota Arbelaez, le llaman ahora con respeto en la ciudad de Maryland, en Baltimore, Estados Unidos.
Y qué se iba a imaginar don Gonzalo Guitérrez que el chico melenudo que repetía las canciones de Sandro y de Fausto, estaba haciendo, en causa propia, su primera defensa en una larga trayectoria de abogado, cuando le acusó de confundir, como si fuera un mal pedagogo, la disciplina con la conducta. Quienes saben de qué hablo no tardarán en descubrir el nombre de Fernando Londoño Daza en esta mención.
Como tampoco imaginó, sin duda, don Édison Cabal, profesor de biología, que el desgarbado hijo del veterinario Rutherford, a quien le enseñaba los prolijos nombres de los huesos y músculos del cuerpo humano, el esternocleidomastoideo incluido, se convertiría en un sacerdote que sería miembro del CELAM y lideraría en el Principado de Andorra una causa por los jóvenes misioneros. Me refiero sin duda al obispable Camilo Augusto Sánchez Herrera.
Y mucho menos era previsible que el “monito” cansón que “daba lora” en una monareta, vestía estrambóticas bermudas, tenis Croydon reencauchados, camisetas de esqueleto; e impulsaba grupos juveniles en la parroquia del Padre López, terminaría estudiando en la Universidad Complutense de Madrid, con un tema inimaginable en esos tiempos: la risa como construcción de cultura. En este caso no escribiré el nombre por imputable, hostigante y reconocida “inmodestia”
Hermanos elegidos y padres prestados con futuros imprevisibles que no recuerdo ahora con prolijidad para no fatigar al lector del blog. Pero que sobreviven en los afectos como el admirable y genial arrancayucas de la Bella, Carlos Mario Vargas, y el jugador más liso de baloncesto quindiano, Luis Fernando Marín, quienes construyen calles cotidianas en las tierras estadounidenses.Seres humanos de tiempos compartidos de quienes hablamos con el que llegó a ser en Colombia uno de los más destacados auditores de la Caja Social de Ahorros y quien ahora presta sus servicios en Valencia, con el mismo profesionalismo y el exigente ejercicio de las cosas bien hechas: Luis Fernando Noreña. Es posible que Elmer Marín, en ese tiempo profesor de inglés en el Colegio Jorge Robledo, no adivinara en la forma metódica de doblar el periódico la voluntad de auditor que ya poseía el nieto del inolvidable Manuelito Gamboa.
Las fiestas falleras y la puesta en valor de la risa como constructora de sociedad y ser humano, fueron la excusa perfecta para el reencuentro con este calarqueño robledista, quien desde la ciudad del Marqués de Dos Aguas lidera este blog y extiende sentidos, razones en muy lejanas esquinas. No olvidaremos que aquí, en España, Sandra, la mujer de sus afanes, nos devolvió un poco de Colombia en unas arepas con queso y chocolate, como hacía mucho tiempo no disfrutábamos; y la nostalgia, extraño pasto de las emociones, volvió a crecer desde las raíces.

Y quién es la mujer que se encartó con el “gordito cansón” y que sale en las fotos? Se llama Elena Ospina y es una de las mejores caricatógrafas latinoamericanas. Y no digo más porque me tildarán de vanidoso. Y no se equivocan. Me siento orgulloso de los amigos, esos hermanos elegidos, de mis profesores, esos padres prestados en toda la dimensión de su humanidad, de mi compañera de viaje, y de mi hija, quien habitó esa ciudad mediterránea y ahora inicia su carrera profesional con buenos augurios.
Para aquellos que quieran otros pormenores gráficos de ese encuentro con Luis Fernando Noreña Gamboa, en las tierras del Cid Campeador, aquí van unas pocas fotos:
viernes, 20 de marzo de 2009
martes, 10 de marzo de 2009
OTRO MÁS
sábado, 28 de febrero de 2009
JUSTIFICACIONES
domingo, 1 de febrero de 2009
De recuerdos y olvidos
Claro que todo tiene su límite, así que lo volvemos a sacar del ostracismo al que estaba confinado para reiniciar actividades, y qué mejor para empezar que con un lector que se reporta:
Me escribe Carlos Mario Vargas A. (Si, el otro arrancayucas de La Bella) para hacernos saber que también él visita este espacio; en sus propias palabras "que yo sigo "al lado del cañon", pero, lease correctamente", bien al lado del cañon, ni tiros de salva disparo".
Es gratificante saber que nos leen, es más, en el contador que instalamos podemos apreciar la afluencia de anónimos visitantes, con sus ubicación geográfica Colombia y España los más , seguidos de Estados Unidos, Argentina, México, Ecuador, Francia, Reino Unido, Canadá, Perú. . . Y surge entonces la pregunta ¿Quiénes serán? A lo que nunca podríamos contestar, a menos que, como lo hizo Carlos Mario, nos lo hiceran saber. Pero quizás sea demasiado pedir, lo cierto es que hay visitantes, que no escribimos en vano, y como el optimismo nos supera, creemos que algunos de estos leyentes son habituales. ¡Vaya si soñamos!.
lunes, 19 de enero de 2009
Otros disfraces
JAVIER MARÍAS 04/01/2009
Como a cualquiera en las mismas circunstancias, la reunión me hacía ilusión y me daba miedo, luego me puso nervioso. En 1968 acabé el preuniversitario y salí del colegio Estudio, en el que había permanecido desde los cuatro años. Hace una semana, a instancias de uno de los pocos compañeros con los que mantengo amistad, José Manuel Vidal, que además es mi cardiólogo desde hace un decenio, unos cuarenta miembros de aquella promoción fuimos a su casa y nos vimos las caras, en algún caso por primera vez en cuarenta años. Mercedes Cabrera, la Ministra de Educación, y yo teníamos la ventaja de que esa cara se nos ve en la prensa de vez en cuando y era difícil que le diéramos un susto a nadie. Da temor encontrarse con cincuenta y siete años a quienes dejamos de ver con dieciséis o diecisiete. De hecho dudaba que fuera aconsejable. A algunos los había vuelto a ver hacía veinte, con motivo de una reunión similar, pero eso es también mucho.
Fue muy agradable y divertido, y, tras unos segundos de desconcierto, todo el mundo resultó reconocible. Había que hacer una corrección de enfoque, acoplar la cara infantil o juvenil que uno guardaba en la memoria a la del hombre o la mujer maduros que tenía ahora uno enfrente. A los pocos minutos, en el peor de los casos, se obraba una superposición y, por así decir, uno conseguía "encajar" las dos imágenes, la del pasado remoto y la del presente, sin que ésta borrara aquélla del todo ni aquélla desmintiera del todo a ésta. Nadie preguntaba mucho por la vida actual de cada cual, más allá del "Qué tal te va" impuesto por la educación. Esa vida actual en realidad no interesaba, a ninguno nos importaba saber a qué se dedicaba el otro, si tenía hijos, mujer o marido, porque en seguida se congeló el tiempo y empezamos a tener la sensación de que la vida verdadera era aquella, la de estar todos juntos sin profesión ni ataduras, en la vaga y eternizada expectativa de la infancia, y de que cuanto había ocurrido y venido después de separarnos era accidental y secundario, una especie de desviación de lo natural, o de error, o acaso un larguísimo sueño que tocaba a su fin al reencontrarnos aquella noche, como si pensáramos: "Este es mi lugar. Estos son mis compañeros primeros, con los que eché a andar por el mundo y con los que conviví a diario durante trece años fundamentales; aquí están las primeras chicas que me gustaron, mis primeros enemigos con los que me pegué en el patio para luego hacer siempre las paces; aquí están mis primeros amigos a los que procuré ser leal, aquí mi primera representación del mundo, en la que aprendí ya casi todo".
Era curioso ver y sentir el afecto espontáneo con que nos tratábamos todos (hasta los que no nos caíamos muy bien en el colegio), con una natural tendencia a abrazarnos, a pasar una mano cariñosa por el brazo, a que las mujeres, cuando la noche ya estuvo avanzada y tomamos asiento, apoyaran sus cabezas cansadas en los hombros de los hombres en quienes confiaban, como si fuéramos hermanos. Allí nadie podía ser un farsante, y no había ministra ni escritor que valieran, ni médico, arquitecto, abogado, ingeniero, periodista o psiquiatra. Nadie era nada más que el que siempre fue en clase. "Ellos me conocen bien", pensé, "nunca podría engañarlos: todos sabemos cómo es cada uno, aquí no cabe ningún fingimiento". Oh, y me sentí tan cómodo, tan a salvo y tan a resguardo.
. . .
Preferí no quedarme hasta el final. No quería irme cuando ya no hubiera más remedio y por ende sentirme "expulsado" de la verdadera vida, de la más auténtica, de aquella en la que no hay disimulos y todo es diáfano. Me rondaban dos pensamientos contradictorios, o eran sentimientos: por un lado, "Si siguiéramos aquí un día tras otro, sería una pesadilla". Por otro, y era más fuerte, "Que no se acabe, por favor, que no se acabe esto". Por eso me fui, cuando aún quedaban muchos y muy animados. Para acabar yo la experiencia feérica, de abolición o más bien compresión del tiempo, y que no fuera otro quien me la terminara, ni siquiera el anfitrión delicado y generoso. Porque, como dijo alguien, volvimos a ser nosotros, sólo que disfrazados de mayores. Nuestros muchos años, nuestras profesiones y fracasos o logros, nuestras mujeres o maridos e hijos, pasaron a no ser más que eso, disfraces que se ponen los niños.