De las clases de geografía de don Gonzalo Gutiérrez y las de historia de don Herman Montes (por allá entre segundo y tercero de bachillerato), algo nos debe haber quedado en la memoria, cómo los accidentes geográficos que con tanto énfasis nos describiera don Gonzalo: La península de Kamchaka, o el estrecho de los Dardanelos y el mar de Mármara -para mencionar sólo algunos- lo mismo con las lecciones de historía, de las que tengo menos marcas.
Visité Roma la semana pasada, en plan familiar, y claro los referentes obligados: El Coliseo Romano (del que todos hemos oído hablar y visto en fotografías y a través de documentales y películas) Los vestigios arqueológicos de la Roma antigua, con sus referencias y reseñas (para turistas, el debil esbozo de un rico pasado), monumentos alusivos a la historia reciente, como los de Vitorio Emanuele y Urbano I, que suenan a chino, porque de ello ni idea; también El Vaticano, con sus museos y Basílica.
Sin dejar de lado la archifamosa Fontana de Trevi, llena siempre de gente en plan fotográfico, porque la fotográfía ahora se ha vuelto plaga en todas partes, con el recurso digital, se ha masificado de manera estruendosa.
Traté de recuperar algo de lo que nos contaban en esas clases, pero la memoria engaña, te revuelve clases, libros, artículos, películas, documentales, noticias y no sé qué más cosas, formando una maraña indescifrable, no pudiendo aclarar si esta o aquella pertenecen a ese o a aquel; entonces, para no morir en el intento, lo dejé así. Lo tengo claro, algo nos debieron contar de Romulo y Remo, de los Césares, del Imperio y su caída, de los Papas, lo mismo que de los acontecimientos que marcaron el siglo XX y que terminaron haciéndo de este mundo lo que es hoy geopolíticamente.
Y a qué viene todo esto?
Pues es la mejor manera de justificarme por la ausencia, contarles que por estar viajando y departiendo con mi hermana y su hija, hasta me estaba olvidando del blog, pero que una vez regresado a Valencia, todo vuelve a su curso y retomo las tareas y compromisos, como este que me he impuesto para con los bachilleres del Colegio Robledo de Carlarcá , de 1978.
NOTA FINAL: Un más de la lista: He ubicado a Luis Fernando Marín Garcés, "El Mono Marin" como siempre se le ha referenciado, imagino que para diferenciarlo del otro Fernando Marín "Pepillo" que no es que fuera muy rubio que digamos. Lo pude contactar vía telefónica, quedándome pendiente su dirección de correo. Vive en USA, lo mismo que Carlos Mario Vargas A. y José Jesús Arbeláez M. ¿Cuántos más de la lista vivirán allí?
viernes, 18 de septiembre de 2009
martes, 25 de agosto de 2009
1978 -Y DELE CON LO MISMO-
Pero si no puedo ni quiero, simplemente es la razón de ser de este entuerto llamado Blog.
Como ya lo sabrán algunos, la delegación Calarqueña en España está llamada a reducirse, no por motivos económincos, a pesar de la crisis; si no por otros de mayor calado. Ahora bien, que no será la primera baja, de eso puedo estar seguro a pesar de no disponer de datos, y no tendría mayor relevancia, ni ocuparía espacio en este esperpento, pero como el autorepatriado fue bachiller del Colegio Robledo de Calarcá, por allá en 1978, no hay remedio, imposible ignorarlo.
Efectivamente, nos deja el Padre Camilo, después de haber trasegado por difertentes caminos peninsulares, con estancías en Madrid y la Seu D´Urgell -y muchos otros sitios, no sólo de España sino de vecinos paises. Fue muy grato tenerlo en Valencia en la Fallas del 2007.
Como ya lo sabrán algunos, la delegación Calarqueña en España está llamada a reducirse, no por motivos económincos, a pesar de la crisis; si no por otros de mayor calado. Ahora bien, que no será la primera baja, de eso puedo estar seguro a pesar de no disponer de datos, y no tendría mayor relevancia, ni ocuparía espacio en este esperpento, pero como el autorepatriado fue bachiller del Colegio Robledo de Calarcá, por allá en 1978, no hay remedio, imposible ignorarlo.
Efectivamente, nos deja el Padre Camilo, después de haber trasegado por difertentes caminos peninsulares, con estancías en Madrid y la Seu D´Urgell -y muchos otros sitios, no sólo de España sino de vecinos paises. Fue muy grato tenerlo en Valencia en la Fallas del 2007.
Camilo Augusto Sánchez Herrera, feliz viaje y mejor estancia.
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martes, 18 de agosto de 2009
9´58´´
Sí, fueron nueve segundos cincuenta y ocho centécimas . . . y el personaje siguió su carrera, no se detuvo. . . y el estadio atronó en celebración de lo acontecido. Berlín, 16 de agosto del 2009.
. . .
. . .
viernes, 24 de julio de 2009
CASAS VISITADAS
Hoy es viernes, y Valencia amanece con unos agradables 28 grados, después de los 42 que marcaron ayer los termómetros se siente hasta fresquito; lo que son las cosas. . .
Pero hoy, viernes, me he levantado con un tema atravesado en el pensamiento, mientras conducía con rumbo a la oficina, hacía remembranza de las casas de los compañeros que frecuentaba durante la época de estudiante, en el Colegio Robledo de Calarcá, de donde nos sacaron (literalmente hablando, o escribiendo) como bachilleres en 1978.
El inventario es pequeño, repasando la lista me encuentro con visitas a las casas de:
José Jesús Arbeláez M. No es que fueran muchas las veces, y creo recordar o imaginar que las visitas tenían carácter estríctamente estudioso (alguna tarea, una explicación pendiente -nos gustaba aprovechar las habilidades y capacidades de Jotica, pero sin abusar, valga la aclaración-). En más de una ocasión me vi camino del barrio el Cacique, donde también vivía un segundo personaje de esta corta lista:
Wilson Jairo Escobar F. No sé decir cuántas veces la visité, pero si puedo recordar que en una de esas pocas veces fuí testigo presencial de una de las disparatadas actuaciones de nuestro compañero Gustavo Buriticá, quien, como recordarán estuvo desconectado de la realidad las semanas finales de nuestra aventura conjunta en el Colegio -es posible que los desconectados fuesemos otros-. Lo cierto es que estando en la casa de "Facio" entró Gustavo "como Wilson por su casa" diciendo que iba a echar unos pescados en el tanque (del agua), pero lo que yo alcancé a ver entre sus manos fue una bolsa plástica con agua bastante oscura, de dudosa reputación y origen, por lo que advertí a Wilson para que actuara en defensa del depósito de agua, el cual creo que alcanzó a salvar de la gustavesca contaminación.
Lunes 27
La Casa de Gustavo Buriticá la frecuenté, los vínculos tenían tintes cuasi-familiares, pues tanto mi madre, como doña Florisa, compartían actividades artesanales, así que por una u otra razón terminaba llendo al barrio las Ferias, frente a la escuela Román María Valencia.
También iba a parar a la casa de Edison Puentes, en la calle 35 entre carreras 25 y 26, pero no por razones académicas propiamente dichas, mas bien creo que los motivos eran algo mundanos, propios de los estudiantes que a más de asistir al Colegio, hacen de todo, menos estudiar.
Donde Jorge Fernando Laverde Q., en la calle 46, también me soportaban, allí fuí un poco más asiduo, compartía con Jorge la afición por el balón de baloncesto (porque para este deporte, ni estatura ni habilidades), y dedicabamos buena parte de nuestro tiempo a jugar en la cancha del colegio, muchas teintayunas, algunas bajo el agua, quién ganaba más?, no lo recuerdo -a lo mejor porque yo era el perdedor.
Una casa que también frecuentaba, por razones académinas y familiares, era la de Fernando Ramínez Salcedo, su padre Gérmán primo de mi madre. Así que a la carrera 25 con calle 43, llegaba con mayor descaro y con más recuencia, a pesar de no compartir aficiones deportivas; Fernando le daba al balonpié y la fisiocultura -recuerdo que seguía los ejercicios de Charles Atlas- en cambio yo en eso de la fisio, pura incultura, escasamente mantenía el esqueleto erguido, y eso no ha cambiado mucho en la treitena transcurrida.
Otra de las casas donde fui asiduo por algún tiempo, en la carrera 24 con calle 38, fue la de John Jairo Peláez F. fueron muchas las veces que me dejé caer por allí, hasta que por alguna de las tantas tonterías que cometemos en nuestro años mozos, nos distanciamos, y hasta el sol de hoy. Porqué terminamos peleados? Otras respuesta que la memoría se niega a recobrar, no puedo ser por algo transcendental, pero los años han pasado. . . y siguen pasando, y pesando.
Finalmente y para no alargar más el tema, las casas de Camilo Augusto Sánchez H., Carlos Alberto Villegas U. y Carlos Mario Vargas A. más que frecuentadas fueron invadidas. Y la invasión duró mucho más allá del final del 78, Doña Belisa, Doña Graciela y doña Pastora, más que paciencia, creo que resignación tuvieron para conmigo, casi a diario invadiendo los ambientes familiares. ¡Pesadito el muchachito!. Si hasta la última motilada del bachillerato me la hicieron en casa de Carlos Mario, por cuenta de su hermana Cecilia.
Sé que en alguna otra casa pude dejar mis huellas, pero no tanto como en las referidas, ojalá el paso de los años hallan contribuido para que en el recuerdo no pese tanta mi presencia pasada.
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miércoles, 15 de julio de 2009
POBRE DE MI
Para lo entendidos las palabras sobran. Pero como puedo adivinar que los bachilleres del Colegio Robledo de Calarcá de 1978 no tienen muchos nexos con las fiestas sanfermineras de Pamplona, pues ahí les va el siguiente vínculo, para que después no digan que les hablo en chino -o en euskera- que es una de las lenguas de los festejantes.
http://www.sanfermin.com/old/guia/pobredemi.shtml
No creo que el sentimiento de los pamploneses pueda compararse con la de los calarqueños cada 29 de junio, pero algo habrá que permita su entendimiento. Recuerdan mis excolegiantes las fiestas aniversarias de Calarcá de 1978, con kioskos en los alrededores de la Plaza de Bolivar, música que era imposible individualizar y, claro, a La Docena Juvenil?
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martes, 30 de junio de 2009
¡JULIO!
Claro que no he olvidado que aún nos quedan unas horas para que termine el mes que precede a JULIO, vaya, que tiene gracia; tiene encanto y algo más:
Cómo explicarlo. . . JULIO tiene El Tour de Francia, con transmisión en directo por TV, además de los Sanfermines, de Pamplona, también con transmisisón por TV, cada mañana a las 8:00. es también el primer mes veraniego y vacacional de hemisferio norte, lo que se traduce en días de más de quince horas de luz, por estas tierras mediterráneas, así que la tentación de la playa es cada día mayor -hasta que nos dejamos arrastrar por ella y terminamos con arena hasta en el pensamiento.
Ya el año pasado hacía alguna alusión a lo del Tour, he de confesarlo, me encanta dormitar al son de las transmisiones, si, dormitar, las más de las veces los párpados terminan vencidos por la fuerza de la gravedad. Pero bueno, la disculpa está más que justificada, cada tarde, después de comer (almorzar colombianamente hablando) , sobre las tres y media o cuatro ciclismo con somnífero, y ello durante tres semanas (no sé aún cómo me soportan en la casa).
En cuanto a los Sanfermines, el cuento es bien distinto, a las ocho en punto de la mañana, desde la Capital del Reino de Navarra, transmisión en directo de los encierros, en esos no me duermo, no hay riesgo, sólo duran cuatro o seis minutos cuando mucho y ya estoy bañado, desayunado y vestido; listo para salir para el trabajo (de lunes a viernes) y me dejo llevar por los carreras, los cuernos, las caidas y lo mejor de todo: Las envestidas, quinientos kilos de empuje sobre el fulano que no pasa de ochenta, el resultado es previsible, hagan cálculos. . .
Buenos, queridos compañeros de trajin robledista, bachilleres de 1978, calarqueños y demás, no me juzgueis con precipitud, ruedas y cascos tiene su encanto.´
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lunes, 22 de junio de 2009
¿Estará Guilligan en su isla?
No estoy muy seguro, pero quizás fue en alguno de los campeonatos departamenteales de baloncesto que se celebraban en la, entonces, Escuela Atanasio Girardot, donde a Carlos Mario Vargas, le colocaron el apodo de Guilligan, rememorando al famoso personaje de televisión. Esa serie gringa que aún disfrutábamos en los tiempos del bachillerato. Años ya lejanos en los cuales la televisión en color estaba apenas en pañales y sólo algunos “niños bien” del pueblo, como Luis Fernando Zuluaga la tenían en sus casas, en la Calarcá de finales de los años 70.
Pero ese era el apodo su apodo más popular de los últimos años de Bachillerto. Porque el sobrenombre con el que lo recordamos la mayoría de los que estudiamos tercero A en el Colegio Robledo era “El arrancayucas de La Bella”. Para ser más exaxtos un apodo que compartimos con él.
Aunque no tengo el recuerdo preciso del primer encuentro, puedo asegurar que a Carlos Mario, lo conocí en la concentración rural agrícola Baudilio Montoya, colegio semioficial del comité departamental de cafeteros al que me ingresaron mis padres por temor a las recurrentes huelgas en el Colegio Robledo.
Aprovecharon que la abuela Inés Londoño tenía una finca en la vereda el Danubio y arguyeron mi condición campesina. El colegio Baudilio Montoya, llevaba o lleva, creo, el nombre de ese poeta que marcó mi inclinación literaria. Tenía unos profesores de leyenda, don José Jota Bustamante, entre ellos. Un viejo bello y altivo, nimbado por una cabeza alba, que tenía un lejano parentesco con mi familia. Además de vicerrector académico, era el profesor de español y con él recuperé el amor a la literatura que ya había sembrado en mí, el abuelo Pedro Nel, pero que había enterrado en quinto de primaria el profesor Wilson Galvis.
En ese colegio, conocido coloquialmente como el Colegio La Bella, se fomentaba además de la vocación agraria y la vocación del trabajo cooperativo, los altos valores desde una conciencia laica y libertaria. Recuerdo que en la cátedra de religión, se enseñaba precisamente eso exactamente: la historia de las religiones en el mundo y no la excluyente visión católica de la que participábamos, aún, la mayoría de los estudiantes. Y si mi memoria no falla, el nombre del profesor era Gildardo Botero.
Los viernes, en una plenaria democrática, sesionaba el colegio en un ritual simbólico que favorecía la expresión de los alumnos y el cultivo de sus talentos. En una de esas jornadas recuerdo que hicimos un número de payasos con Carlos Mario Vargas para representar a Primero A. Luego, nos atrevimos a declamar en público nuestros personales repertorios de poesía popular.
Carlos Mario tenía un catálogo de poemas del Indio Duarte que aflojaban las lagrimas y conjuraban los suspiros de los oyentes.
En un entrevero de gente, copas carteos y risas
Se desflecaba la tarde sacándole punta al vicio
En un tranquero del mostrador se desflecaba la tarde
sacándole punta al vicio (cito de memoria)
empezaba sus presentaciones Carlos Mario, con una dicción maravillosa acompañada de unos gestos armónicos que ponían en el escenario al guapetón del pueblo, a la mama regañona de “La guaja” o al campesino insumiso que increpaba a Dios por la maldad de los hombres que lo habían vuelto malo y le habían puesto dientes de lobo, a él que era un cordero.
Mi repertorio se apoyaba en la poesía popular de Juan de Dios Peza y de Baudilio Montoya que me había enseñado desde muy pequeño el abuelo pedronel.
Yo fui argonauta, fui en marinero de noble pauta que el horizonte miró pasar
Mi barco supo tumbos violentos entre los vientos que despeinaban locos el mar.
Ciegos paises de cielos grises vieron mi planta de viajador
No estoy muy seguro, pero quizás fue en alguno de los campeonatos departamenteales de baloncesto que se celebraban en la, entonces, Escuela Atanasio Girardot, donde a Carlos Mario Vargas, le colocaron el apodo de Guilligan, rememorando al famoso personaje de televisión. Esa serie gringa que aún disfrutábamos en los tiempos del bachillerato. Años ya lejanos en los cuales la televisión en color estaba apenas en pañales y sólo algunos “niños bien” del pueblo, como Luis Fernando Zuluaga la tenían en sus casas, en la Calarcá de finales de los años 70.
Pero ese era el apodo su apodo más popular de los últimos años de Bachillerto. Porque el sobrenombre con el que lo recordamos la mayoría de los que estudiamos tercero A en el Colegio Robledo era “El arrancayucas de La Bella”. Para ser más exaxtos un apodo que compartimos con él.
Aunque no tengo el recuerdo preciso del primer encuentro, puedo asegurar que a Carlos Mario, lo conocí en la concentración rural agrícola Baudilio Montoya, colegio semioficial del comité departamental de cafeteros al que me ingresaron mis padres por temor a las recurrentes huelgas en el Colegio Robledo.
Aprovecharon que la abuela Inés Londoño tenía una finca en la vereda el Danubio y arguyeron mi condición campesina. El colegio Baudilio Montoya, llevaba o lleva, creo, el nombre de ese poeta que marcó mi inclinación literaria. Tenía unos profesores de leyenda, don José Jota Bustamante, entre ellos. Un viejo bello y altivo, nimbado por una cabeza alba, que tenía un lejano parentesco con mi familia. Además de vicerrector académico, era el profesor de español y con él recuperé el amor a la literatura que ya había sembrado en mí, el abuelo Pedro Nel, pero que había enterrado en quinto de primaria el profesor Wilson Galvis.
En ese colegio, conocido coloquialmente como el Colegio La Bella, se fomentaba además de la vocación agraria y la vocación del trabajo cooperativo, los altos valores desde una conciencia laica y libertaria. Recuerdo que en la cátedra de religión, se enseñaba precisamente eso exactamente: la historia de las religiones en el mundo y no la excluyente visión católica de la que participábamos, aún, la mayoría de los estudiantes. Y si mi memoria no falla, el nombre del profesor era Gildardo Botero.
Los viernes, en una plenaria democrática, sesionaba el colegio en un ritual simbólico que favorecía la expresión de los alumnos y el cultivo de sus talentos. En una de esas jornadas recuerdo que hicimos un número de payasos con Carlos Mario Vargas para representar a Primero A. Luego, nos atrevimos a declamar en público nuestros personales repertorios de poesía popular.
Carlos Mario tenía un catálogo de poemas del Indio Duarte que aflojaban las lagrimas y conjuraban los suspiros de los oyentes.
En un entrevero de gente, copas carteos y risas
Se desflecaba la tarde sacándole punta al vicio
En un tranquero del mostrador se desflecaba la tarde
sacándole punta al vicio (cito de memoria)
empezaba sus presentaciones Carlos Mario, con una dicción maravillosa acompañada de unos gestos armónicos que ponían en el escenario al guapetón del pueblo, a la mama regañona de “La guaja” o al campesino insumiso que increpaba a Dios por la maldad de los hombres que lo habían vuelto malo y le habían puesto dientes de lobo, a él que era un cordero.
Mi repertorio se apoyaba en la poesía popular de Juan de Dios Peza y de Baudilio Montoya que me había enseñado desde muy pequeño el abuelo pedronel.
Yo fui argonauta, fui en marinero de noble pauta que el horizonte miró pasar
Mi barco supo tumbos violentos entre los vientos que despeinaban locos el mar.
Ciegos paises de cielos grises vieron mi planta de viajador
y trás el paso de cien desiertos, llegué a cien puertos
y en cada puerto tuve un amor (cito de memoria)
Ese ejercicio de saltimbanquis precoces, llamó la atención de Don Jose Jota y fuimos llamados a la vicerrectoria.
El viejo bello, que nos enseñaba la gramática a partir de las noticias de los diarios y de su personal antología de cuentos como “Que pase el aserrador” o “Pedro el leve” y a enamorarnos de la literatura a través de la buena dicción y los acentuación anímica del narrador y sus protagonistas, nos invitó a representar a La Bella, en la tradicional Semana Intercolegiada de la Cultura, en el Colegio San José. Y así empezó una amistad cómplice que nos llevo a participar en distintas actividades culturales y formativas. Entre ellas recuerdo su participación, en los tiempos del Colegio Robledo, en el Grupo de Formación Cultural Alfa, que creamos con Luis Fernando Londoño Daza; y una visita a la cárcel de Peñas Blanca en el “día de las mercedes” y la alegría de los reclusos con la representación de “El toque de queda” que dirigió un joven teatrero quindiano, quizás vinculado a la izquierda colombiana, de apellido Maecha.
En segundo año y muy a pesar de Jose Jota Bustamante y de doña Graciela, fui expulsado de ese colegio cuya la excelencia residía en el amor con que cada uno de sus profesores enseñaban sus materias: La Historia griega y romana reinterpretada en la voz del profesor Bonel, La Geografía colombiana en la didáctica de don Darío Montoya, El español en la amorosa actitud de Jose Jota Bustamante, La matemática en la claridad del joven Gildardo Valencia.
Otros fueron los motivos que obligaron a migrar a Carlos Mario. Si no me equivoco, fue el cambio de oficio de su padre que llevó a toda su familia a residir en la cabecera del pueblo: Doña Pastora, la madre; Wilmar y Cecilia, sus hermanos mayores; y una hermana menor casi contemporánea cuyo nombre mi memoria ya no registra.
Lo cierto es que los dos nos encontramos en el Tercero A del colegio Robledo, con una preparación superior a la de nuestros compañeros de pupitre. Y cuando algún profesor preguntaba algo, las manos culiprontas de los dos estudiantes de la Bella estaban levantadas para asumir la respuesta.
Para recordarnos nuestra procedencia campesina y con algo de envidia, nos bautizaron los Arrancayucas de La Bella. Y aunque el tiempo y la calidad de la enseñanza nos igualaron en notas e intereses, obtuvimos el mayor puntaje del colegio en los exámenes del ICFES. Puntajes inconcebibles para algunos compañeros que los explicaban desde la suerte de la prueba. Guarismos que superaron, incluso, a uno de los mejores bachilleres de todos los tiempos: el inolvidable José Jota Arbelaez, profesor, en la actualidad de una universidad norteamericana. Que no es poco mérito.
Con Guiligan compartíamos el disfrute juvenil de las despedidas interminables. A altas horas de la noche y sin otro motivo que la imperiosa verbosidad de explicarnos el mundo y darle sentido, nos acompañabamos hasta la puerta de la casa para despedirnos. Pero eran tal el número de preocupaciones que partíamos de nuevo a acompañar al otro a la puerta de su casa. Ensimismados en las comprensiones, recorríamos por enésima vez, con el lúcido ensimasmiento de los sonábulos, la ruta entre la calle 38 y el barrio de Las Camelias; hasta que la voz imperiosa de algún adulto ponía fin a las conversaciones pantagruélicas.
La dispersión de mis intereses me llevaron a jugar básquetbol. Sólo a practicarlo, señalarían con propiedad los integrantes del equipo Asterix. Carlos Mario fue invitado alguna vez a reforzar el equipo en uno de los tantos los campeonatos y se presentó con su estatura jirafal, sus manos largas y huesudas que abarcan bien el balón, un sombrero de pescador y un desparpajo para el juego, que recordaba a Gilligan, el personaje que citamos al principio de esta remembraza. De allí su segundo y más popular remoquete. Guiligan se convirtió en la esperanza para los asiduos espectadores de los campeonatos regionales que se realizaban en la cancha de la escuela Atanasio Girardot. Carlos Arturo Patiño, ahora gerente de Quindío Café y Sabor, podría ayudarme a precisar este recuerdo. Y cuanto se lo agradeceríamos desde su chispa humorística. El no solo, no me dejaría mentir, sino que acomodaría el relato a una forma tan real y jocosa que la verdad terminaría siendo la suya.
Guilligan se graduó con los honores del Icfes, se formó como Terapeuta en la Universidad del Valle y un día partió para los Estados Unidos. Desde entonces solo tengo noticias lejanas, como las tengo de Luis Fernando “El Mono” Marín, quien también habita esas tierras. Pero nunca olvido el banquete de información y de utopías que nos abrieron los ojos al universo de las preocupaciones adultas en las largas jornadas peripatéticas compartidas con Gilligan.
Ojalá él, u otro compañero de promoción, habitante o habitanta del Calarcá de entonces, me ayudara a precisar, ahora, esos recuerdos difusos que ya parecen entrar en el terriotorio de la mitología gracias la iniciativa de Luis Fernando Noreña.
El viejo bello, que nos enseñaba la gramática a partir de las noticias de los diarios y de su personal antología de cuentos como “Que pase el aserrador” o “Pedro el leve” y a enamorarnos de la literatura a través de la buena dicción y los acentuación anímica del narrador y sus protagonistas, nos invitó a representar a La Bella, en la tradicional Semana Intercolegiada de la Cultura, en el Colegio San José. Y así empezó una amistad cómplice que nos llevo a participar en distintas actividades culturales y formativas. Entre ellas recuerdo su participación, en los tiempos del Colegio Robledo, en el Grupo de Formación Cultural Alfa, que creamos con Luis Fernando Londoño Daza; y una visita a la cárcel de Peñas Blanca en el “día de las mercedes” y la alegría de los reclusos con la representación de “El toque de queda” que dirigió un joven teatrero quindiano, quizás vinculado a la izquierda colombiana, de apellido Maecha.
En segundo año y muy a pesar de Jose Jota Bustamante y de doña Graciela, fui expulsado de ese colegio cuya la excelencia residía en el amor con que cada uno de sus profesores enseñaban sus materias: La Historia griega y romana reinterpretada en la voz del profesor Bonel, La Geografía colombiana en la didáctica de don Darío Montoya, El español en la amorosa actitud de Jose Jota Bustamante, La matemática en la claridad del joven Gildardo Valencia.
Otros fueron los motivos que obligaron a migrar a Carlos Mario. Si no me equivoco, fue el cambio de oficio de su padre que llevó a toda su familia a residir en la cabecera del pueblo: Doña Pastora, la madre; Wilmar y Cecilia, sus hermanos mayores; y una hermana menor casi contemporánea cuyo nombre mi memoria ya no registra.
Lo cierto es que los dos nos encontramos en el Tercero A del colegio Robledo, con una preparación superior a la de nuestros compañeros de pupitre. Y cuando algún profesor preguntaba algo, las manos culiprontas de los dos estudiantes de la Bella estaban levantadas para asumir la respuesta.
Para recordarnos nuestra procedencia campesina y con algo de envidia, nos bautizaron los Arrancayucas de La Bella. Y aunque el tiempo y la calidad de la enseñanza nos igualaron en notas e intereses, obtuvimos el mayor puntaje del colegio en los exámenes del ICFES. Puntajes inconcebibles para algunos compañeros que los explicaban desde la suerte de la prueba. Guarismos que superaron, incluso, a uno de los mejores bachilleres de todos los tiempos: el inolvidable José Jota Arbelaez, profesor, en la actualidad de una universidad norteamericana. Que no es poco mérito.
Con Guiligan compartíamos el disfrute juvenil de las despedidas interminables. A altas horas de la noche y sin otro motivo que la imperiosa verbosidad de explicarnos el mundo y darle sentido, nos acompañabamos hasta la puerta de la casa para despedirnos. Pero eran tal el número de preocupaciones que partíamos de nuevo a acompañar al otro a la puerta de su casa. Ensimismados en las comprensiones, recorríamos por enésima vez, con el lúcido ensimasmiento de los sonábulos, la ruta entre la calle 38 y el barrio de Las Camelias; hasta que la voz imperiosa de algún adulto ponía fin a las conversaciones pantagruélicas.
La dispersión de mis intereses me llevaron a jugar básquetbol. Sólo a practicarlo, señalarían con propiedad los integrantes del equipo Asterix. Carlos Mario fue invitado alguna vez a reforzar el equipo en uno de los tantos los campeonatos y se presentó con su estatura jirafal, sus manos largas y huesudas que abarcan bien el balón, un sombrero de pescador y un desparpajo para el juego, que recordaba a Gilligan, el personaje que citamos al principio de esta remembraza. De allí su segundo y más popular remoquete. Guiligan se convirtió en la esperanza para los asiduos espectadores de los campeonatos regionales que se realizaban en la cancha de la escuela Atanasio Girardot. Carlos Arturo Patiño, ahora gerente de Quindío Café y Sabor, podría ayudarme a precisar este recuerdo. Y cuanto se lo agradeceríamos desde su chispa humorística. El no solo, no me dejaría mentir, sino que acomodaría el relato a una forma tan real y jocosa que la verdad terminaría siendo la suya.
Guilligan se graduó con los honores del Icfes, se formó como Terapeuta en la Universidad del Valle y un día partió para los Estados Unidos. Desde entonces solo tengo noticias lejanas, como las tengo de Luis Fernando “El Mono” Marín, quien también habita esas tierras. Pero nunca olvido el banquete de información y de utopías que nos abrieron los ojos al universo de las preocupaciones adultas en las largas jornadas peripatéticas compartidas con Gilligan.
Ojalá él, u otro compañero de promoción, habitante o habitanta del Calarcá de entonces, me ayudara a precisar, ahora, esos recuerdos difusos que ya parecen entrar en el terriotorio de la mitología gracias la iniciativa de Luis Fernando Noreña.
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