martes, 19 de julio de 2011

Otro Verano

Este verano no he dedicado espacio a los acontecimientos anuales de julio como los Sanfermines, de Pamplona, que ya son recuerdo, y el Tour de Francia, que entra en su última semana. Lo que no quiere decir que no está al tanto de ellos, no, más bien es que no ha habido mucho que decir ni que contar. Los Sanfermines de este año batieron record de velocidad, paraciera que tuvieran prisa, los bólidos, que no toros, atravesaron las calles de Pamplona como alma que lleva el diablo, cada día más veloces; ni que tuvieran motor o pedales; y en el Tour la cosa no cala, ha habido estapas con cierto grado de emoción, con espectáculo, que no falta, pero algo falta, ya veremos en el Alpes cómo se ponene las apuestas.

Julio es mes de viajes, que se lo pregunten al Padre Camilo, que ahora pisa por tierras gallegas, para luego ir a la Capital (Madrid) y ya se verá dónde termina el periplo, ojalá se dejara caer por este Levante, que buenos aires tiene. Y el Amigo PTT, ya casi emprende viaje al norte, poco le falta, han comenzado ya con los adioses y las despedidas, que es señal de que la partida está muy cerca.

Sé que muchos otros aprovecharán la temporada para hacer sus viajes largos o cortos, sólos o en compañía, abandonando por unos días o semanas la rutina, que bien nos viene siempre; pero como no cuentan nada y se lo guarda para ellos, pues ni modo de hacer una vitrina de destinos y aventuras; los bachilleres del colegio Robledo de Calarcá de 1978 gustan de pasar desapercibidos, que no es con ellos, y ante eso no hay remidio ni tratamiento posible.

Así que mejor los dejo tranquilos y sigo mi camino, que este verano apenas empieza, ya les contaré. Entre tanto, disfruten del paisaje las compañía y la estancia.

Un abrazo a todos.

martes, 12 de julio de 2011

Una moneda para Caronte

Porque nunca se sabe, es mejor cargarla, no sea que el barquero del Hades te deje esperando sin fin, a orillas del Aqueronte. . .

No olvidemos, que en esta vida todo tiene su precio, más la muerte, esa cita ineludible que nos espera no se sabe dónde ni cuándo, pero que nos llega sin previo aviso, a veces como regalo envenenado. Regalo demasiado costoso, porque termina costándonos todo: La vida.

A través de los años presenciamos un rosario de partidas que nunca termina; bueno, termina con la única partida que no veremos, la propia. Así, parten familiares, amigos, allegados, personas de renombre y sin él; un día se fué Lenon, otro Galán, también Garzón y ayer Facundo y tantos otros que partieron forzados por la sinrazón y la violencia. Algunos en cambio, pudieron despedirse sin apremios, despacio, haciendo los tiempos, Sábato, entre los últimos, también Saramago, Obregón, Celia. . .

La cuenta no termina y no sabemos cuando ha comenzado, porque desde que somos, asistimos involuntariamente a adioses y despedidas. Una cercanas: padres, abuelos, hermanos (con sus respetivos femeninos, para no caer en sexismos); otras menos, pero de todos modos nos quedan las ausencias, los vacíos, los recuerdos.

Sirva la ocasión para rememorar a los bachilleres del Colegio Robledo de Calarcá, de 1978, que cumplieron la cita de forma muy temprana: José Ramón Díaz, el último, pero también Fernando Antonio Rincón, Octavio Henao y Jorge Eliecer Lozano. Sin llegar a asegurar que la lista esté completa.

Así que lo mejor será mantener los monedas cerca, a la mano, porque Caronte no trabaja gratis.

PD: Es julio, es verano, pero a veces los temas se nos atraviesan y no podemos eludirlos. Abrazos a todos.





viernes, 24 de junio de 2011

Cien Años



Tal vez no quiso esperar más y por eso se fue antes de la fecha marcada en el calendario, sin darle ni siquiera importancia; también pudo ser que para evitarse cansancios mayores, al verse atrapado por el acontecimiento, hubiera preferido apearse antes de la estación y ahorrarse no se sabe cuántos sinsabores y contrariedades. Lo cierto es que hoy, 24 de junio, cuando se cumplen cien años del nacimiento de Ernesto Sábato, ya llevamos la cuenta de su deceso por los cincuenta y cuatro días. Se marchó envuelto en el silencio que le sirvió de compañía sus últimos años. La ausencia marca la fecha, su viaje anticipado desdibuja cualquier celebración y solo deja para el recuerdo esa mueca que trataba en vano de dibujar una sonrisa, cuando la pesadumbre era lo que ensombrecía su mirada y su rostro. Nos quedan sus palabras, su testimonio y su obra; qué más pedirle a un testigo excepcional de nuestro desastrado y desastroso siglo veinte?

Tarde conocí su obra literaria, empecé por el principio, por El Túnel, para continuar de forma algo precipitada con las dos novelas siguientes, Sobre héroes y tumbas y Abadón el exterminador, y no seguí porque no había más, pero fue suficiente. Con el transcurrir de los años le seguí los pasos, no muy de cerca, siempre había alguna nota, algún comentario, alguna columna o artículo que contaban cosas sobre el escritor, que recordaba su presencia y daba testimonio de su vigencia. Las últimas obras que pasaron por mis manos, Antes del fin y La Resistencia, ahora las releo.

Claro que esto no guarda referencia alguna con los bachilleres del Colegio Robledo de Calarcá, egresados en 1978, para nada; porque, en primer lugar, Sábato no fue objeto de nuestras lecturas, no estaba incluido en los programas académicos de la época -creo que ahora tampoco- nos tocaba vérnoslas con Fernando de Rojas y La Celestina, con el Cantar del Mío Cid y otras hierbas por el estilo, sin dejar de lado a José E. Rivera y La Vorágine, a Jorge Isaac y La María y algún otro compatriota de estilo costumbrista; tampoco a Juan Rulfo y sus historias de Comala. Arduas lecturas para mentes calenturientas. García Márquez, que vino después, tampoco competía en las lecturas del colegio, que tampoco fueron muchas, Cien años de Soledad ya tenía su recorrido, pero no se le incluía y El otoño del patriarca apenas iniciaba su recorrido.

Yo me inicié leyendo periódico, con mucha frecuencia compraba un ejemplar de El Espectador, para acompañar las clases, no sé muy bien cómo hacía. pero leía el periódico, asistía a clase (asistía) y, bueno, terminé graduándome, no me puedo quejar...

Y, en segundo lugar, Sábato ha sido para mí una lectura personal, como casi todas mis lecturas, me basto con ello; no frecuento tertulias ni cosa que se le parezca y las conversaciones con los amigos y allegados pocas veces rosan el tema, con algunas excepciones, claro está, nada es completo, perfecto o inmutable, excepto, tal vez, el absoluto, ese al que con frecuencia trataba de acercarnos don Ernesto. Es posible que algún día podamos avistarlo, así sea de lejos.

miércoles, 15 de junio de 2011

Segundo intento.


























Decía en la entrada que se ha tragado el ciberespacio, vaya uno a saber cómo, que hoy 15 de junio tenemos eclipse total de luna, visible desde las mediterráneas playa españolas, al caer la noche, a eso de las 10, mejor dicho las 22, como se usa por estos lares, reloj de 24 horas, nada de aemes o peemes, que eso trae riesgos. Y resaltaba mi condición de testigo directo del fenómeno astronómico, con lo que no prentendía despertar la envidia de nadie, faltaría más.

Pasaba a continuación a mencionar lo que había encontrado en la web, un sitio "para lo que también estudiaron en el antiguo Cologio Robledo de Calarcá". Y que lo primero que me vino a la cabeza, a alguna parte de tan rubicunda pieza de la hago parte, fue la primera sede que ocupupó el Colegio entre las carreras 28 y 29 con calles 35 y 36 de la nomenclaruta actual (*) detrás de la sede que en nuestro tiempo ocupaba la Federación Nacional de Cafeteros, es decir la Escuela Girardot, que no sé si aún funciona allí, o si conserva su nombre; para mas veras, mi lugar de nacimiento, porque como lo comenté antes, en otra entrada, soy robledista de nacimiento, por algo soy nieto del eterno campanero del Robledo "Manuelito".

Y me refería a que tampoco clasificamos los que nos hicimos bachilleres arriba de la cancha de futbol, que por entonces sólo había una, en la segunda sede del Colegio, nada; la antigua sede del Robledo, para los weberos del caso, está al final de la carrera 25, frente al Instituto Calarcá (su segunda o tercera sede, que antes estuvo en la confluencia de la carrera 22 con calle 38, geografía urbana gratuita). Así que los antiguos se graduaron muy entrados los ochenta, y más, entonces, me preguntaba sobre la suerte que corrimos los que egresaron detrás de la Federación y los que pudimos hacerlo arriba de la cancha, bajo la arbolada de sauces llorones que cobijaron nuestros pasos por aquel entorno, dinosáurios como mínimo, me dije, antediluvianos en todo caso.

Finalizaba diciendo o escribiendo, tecleando, digitando, que mientras la luna continuaba su inexhorable ruta, para en una horas ocultársele al sol, detrás de la tierra, de que seré testigo directo (ocular), los antiguos alumnos del colegio Robledo de Calarcá estarán cada cual suyo, absorto en su destino y su ignorancia; eso sí, sin la más mínima intención de ofender o descalificar.

Un abrazo a los antediluvianos contertulios, abuelos y hasta bis, vaya uno a saber!

Eclipse de blog

martes, 19 de abril de 2011

Eso de "montar en cicla"

Lo primero que debo decir es que sólo hasta quinto o sexto de bachillerato aprendí a "montar en cicla" y lo hice en una monareta sin frenos que llevaba al Colegio "Lifer" - Luis Fernando Bermúdez- así, aprendí que la mejor manera de frenar era dejarme caer en el pasto antes de que la cicla me cogiera ventaja falda abajo, que en el colegio no era muy difícil dada su ubicación. Será por eso que he sido más caminante que rodador!

En mi casa no hubo triciclo, ni bicicleta, ni nada que se le parezca, hasta bien entrado en la veintena, y las pocas monedas que caían en mis bolsillos no alcanzaban para alquilar "una burra" donde don Jesús. Mis hermanos sí que las tuvieron, todavía recuerdo la camiseta rota producto de una de las aventuras bicicleteras de mi hermano mayor por los lados de la Albania, pero este cuento no va del ciclismo en la familia, va por otro lado, más personal.

Pasados los cuarenta y viviendo en Manizales, un compañero de oficina me invitó alguna vez a pasar un fin de semana en una finca por los lados de Chinchiná, para lo cual colgó de la parte trasera de carro dos bicicletas, y el domingo, para no perder la costumbre, nos fuimos a comprar el periódico, pero en las ciclas, dejamos el carro descansando. De esta pedaleada surgió la idea de comprar una y frecuentar el asfalto. Fueron muchos los fines de semana que dedicamos a pedalear por las inmediaciones de Manizales, en la via a Chinchiná, por la Autopista del Café, rumbo a la Rochela; alguna vez fuimos hasta Santa Rosa y no pocas veces escalamos kilómetros hacia el Páramo de Letras, a donde nunca llegué, el cuerpo no daba para tanto y el viaja a España se interpuso... Pero eso sí, pude ascender a Manizales pedaleando, bueno, no exactamente hasta la ciudad, más o menos hasta la entrada al Hospital Santa Sofía, eso de llegar hasta la Plaza de Toros requiere algo más que disposición y persistencia. . .

Ahora vivo el ciclismo desde el sillón, las clásicas de primavera son el entretenimiento de los fines de semana, antes de que lleguen las grandes competencias, El Giro en mayo, El Tour en julio y la Vuelta después. y como buen colombiano, trato de seguir los pasos a los dos a tres coterraneos que aún compiten por estas tierras.

Así que al cabo de las más de tres décadas de los incipientes pedalazos que dí por las inmediaciones del Colegio Robledo, antes de que nos mandaran a buscarnos la vida con un título de bachiller bajo el brazo, y de los fines de semana dándole al pedal por tierras caldenses, me queda el sillón, para regocijarme viendo cómo esos titanes del siglo XXI, despues de cinco o seís horas sobre la bicicleta tienen arrestos para rematar cada carrera.

Termino esta nota, hoy 18 de mayo, con el Giro en pleno desarrollo, y con Wouter Weylandt en la memoria, no sin antes dejar un saludo a los condiscípulos que desde 1978 pedaleamos en esta no siempre fácil vida, si olvidar los años compartidos en el Colegio Robledo de Calarcá.

PD: Don Ernesto Sábato se ha marchado en pos del absoluto. . .



lunes, 18 de abril de 2011

Abril, la primavera y las ausencias

Se consolida la primavera, los estornudos se acrecientan y los ciclistas se dejan llevar por los caminos adoquinados del norte de Europa; es abril en todo su explendor.

Los árboles vuelven a poblarse de puyitos verdecinos que, en poco tiempo, se tornan hojas y el renacer de la vida se hace notar en cada esquina. Entre tanto, con la regularidad que cada año trae, por los caminos polvorientos, las ruedas, acompasadas al son del pedaleo, arrebatan el aire, estremecen los cuerpos que las dominan y hacen la fiesta de cada primavera, el cilcismo se hace ruta y las competencias se suceden, cada una en su rito; el mito crece y el espectáculo no cesa.

Pero no siempre la primavera es sinónimo de vida, a veces también ella sucumbe en pleno renacer, la muerte no conoce de tiempos ni de espacios y menos de estaciones; se deja llegar, aparece, se hace presente para lleverse consigo a quien bien tuvo. Y nos deja el vacío que tiene cada ausencia, ese espacio que ya no se llena y permanece, no se sabe bien dónde.

La ausencia de José Ramón Díaz, es la marca que nos deja esta primavera, con ella se ha marchado, ahora sólo es recuerdo. Y con él ya son varios los bachilleres del Colegio Robledo de Calarcá de 1978 que han cumplido la cita. Ya no están, ya no son, pero sus imágens y recuerdos perduran en la memoria, de alguna manera se hace más presentes que los que simplemente se han alejado un poco del camino, pero sin abandonarlo.

La primavera continúa, los estornudos se hacen más frecuentes y cada día el sol alarga su presencia, acortando las noches poco a poco.

Y mientras los ciclistas siguen en su peregrinar sin rumbo, ayer allí, hoy por acá y después por allá -Mañana 20 de abril se corre la Flecha - Valona- los recuerdos siguen su curso, con imágenes que permanecen desde hace más de treinta años guardadas en la memoria, para aparecer ahora como si fueran de ayer y José Ramón sigue igual que cuando terminamos el Colegio, y así se quedará para siempre.


NOTA: Gracias a Luis Fernando Marín G. supe del deceso de nuestro ex compañero de clase, me hizo llegar una nota el mismo fin de semana de la partida de José Ramón.