domingo, 19 de septiembre de 2010

HACIÉNDOLE BARRA AL GUAJIRO DÍAZ


¡Sacude, guapero, para San Andrés y Providencia!

Mira como sopla la brisa Antillana.

El Guajiro Diaz. Así le decía de forma cómplice, tal vez porque ya sabía que la música del cubano Guillermo Portabales le sacudía el alma.




O talvez, porque la música de Fruco y sus tesos nos tendíó, con su Negro Chombo, un puente musical y cómplice afirmando una amistad que trascendíó el colegio.



José Ramón Díaz, El negro boró, como le dice Carlos Arturo Patiño Jiménez, para exaltar su espíritu boricua, real o inventado. Ramón, el compañero de pupitre, el basquetbolista, el amigo, el estudiante esforzado que se formó como odontólogo, ha sabido acunar una nostalgia huérfana que le aviva sus ojos rasgados y le pone una sonrisa triste, explicable desde su historia personal y familiar. La historia de la pérdida temprana de su mamá, que, de alguna manera, novela en El sol de los venados, Gloria Cecilia Díaz, su hermana, y sin duda una de las grandes escritoras colombianas de literatura infantil.

Moncho, como le decía Carlos Alberto Hurtado “Quinta” en las jornadas del Club Deportivo Asterix, ha sido un ser humano amable y luchador, pero callado, así lo recuerda también, desde Baltimore (USA), José Jota Arbeláez, uno de los más brillantes egresados del Colegio Robledo.

Esa calidad de luchador la conocí de primera mano en las canchas del antiguo colegio. Allí nos encontrábamos, sábados y domingos, los calarqueños que participábamos de los campeonatos regionales de Baloncesto. Entre ellos, Carlos, el negro, Díaz y los hermanos Gómez, horizontes de valentía en las canchas del Quindío.

La 21 es uno de las formas básicas del juego entre amigos en las canchas de barrio. Y -sin un compañero de apoyo que modere las demandas de velocidad y fuerza o la responsabilidad de perder la confrontación-, el 1 a 1, es la máxima expresión de amistad y la más esforzada y tenaz competencia entre amigos.

En ese 1 a 1 básico se mide la tenacidad, el valor, la voluntad de triunfar de cada uno. Cada cesta vale 2 puntos y el número impar que concluye la competencia se soluciona, se solucionaba en ese tiempo, desde el tiro certero de la bombonera.

Cuando la confrontación es reñida, el número que pone punto final al encuentro se prolonga indefinidamente. Y es allí donde la tenacidad se suma a la habilidad en el manejo del balón.

Muchas veces me enfrenté en estos duelos con Ramón y puedo asegurar que por más que se prolongaran los enfrentamientos, Ramón terminaba ganando. Su tenacidad, unida a un gancho de izquierda imposible de parar, su jugada favorita, terminaban definiendo el encuentro. Y cuando tengo la idea de haberle ganado al menos una, la certeza sobre la magnanimidad de su espíritu compasivo, me roba la alegría de cualquier posible triunfo.

En la tarea de propiciar el reencuentro de los egresados del Colegio Robledo, Fernando Noreña y yo hemos contado con el apoyo de los amigos. En estos días Carlos Arturo Patiño me dejó el teléfono de Ramón para que lo llamara. Por los afanes cotidianos del estudio aplacé el contacto. En estos días lo llamé y me atendió. El Guajiro Díaz, pregunté. Y no había perdido la memoria de la contraseña, solo que no recordaba la voz de quien hace años no lo llamaba. Sí, el Guajiro Díaz, respondió, y haciendo un esfuerzo, luchó con la memoria, como antes batallaba conmigo en las canchas, y en medio de la misma risa serena de siempre, dijo: El gordo, Carlos Villegas. Me recordaba. Y eso me alegró.

El boricua acaba de salir de una cirugía, pero se tomó el tiempo necesario para el recuerdo y la nostalgia. “Yo le cuento a mi hijo Alejandro, –y habló con orgullo del joven deportista– que yo tenía un amigo que me sacaba la piedra. Nunca llevaba un puto cuaderno y entregaba los trabajos a última hora, y siempre sacaba mejores notas que yo”. Así pude enterarme que había un terreno en que le ganaba el 1 a 1 que nunca le pude ganar en las canchas de baloncesto.

Estuvimos riendo un rato, a pesar de que no pasaba por los mejores momentos. Una prolongada diabettes crónica lo ha llevado a enfrentar una 21 definitiva. Un uno a uno con la vida que, como el hombre batallador que es, que no se rinde, terminará ganando.

Y no dudo que cada uno desde nuestra contraseña personal llenaremos la gradas para auparlo: Moncho, Boró, Guajiro, Borincano, Tú puedes, vamos que tú puedes, y veremos como triunfa otra vez con su gancho de izquierda, imposible de parar.

Así lo sueño, y así lo deseamos todos, para que podamos, otro día, sentarnos con él y con Alejandro a hablar de las tardes del Colegio. Mientras Mark Antoni repite con nosotros desde un moderno compact:

Sale loco de contento con su cargamento para la ciudad, lleva en su pensamiento todo un mundo lleno de felicidad, sí, de felicidad. Piensa remediar la situación del hogar que es toda su ilusión...

O volver a la nostalgia de Portabales para celebrar las esencias borincanas de nuestro guajiro local.





2 comentarios:

Luis Fernando Noreña Gamboa dijo...

A ese tal Porta-vales, no lo había oído ni leído nunca, pero el carretero si me es familiar.

Buena nota, con cesta incluida.

Anónimo dijo...

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