miércoles, 2 de abril de 2008



Don Gonzálo Gutiérrez

CYRAGNO DE CALARCÁ

O EL GRAN SEÑOR DE LA EDUCACIÓN


Mencionar los nombres de los profesores del Colegio Robledo ya nos deja a las orillas del recuerdo. Un islote en el que sobreviven algunas imágenes como objetos fragmentados de un enorme naufragio.


¿Naufragaron los estudiantes del Robledo del 78 en sus propósitos académicos? ¿Naufragaron las integrantes de la docena juvenil del Instituto Calarcá; hermoso ramillete que alimentaba pasiones adolescentes?.

¿Nufragaron los integrantes de Asterix que aspiraban integrar la Selección Colombiana de Baloncesto?

Naufragaron los poetas que se divertían con Cabrera Infante y soñaban intimamente con un Premio Nobel?
¿Naufragaron los revolucionarios que invitaban a las marchas para conmemorar la muerte de Mao Tse Tung, en un horroroso país de fosas comunes?
¿Es pesimista la visión y más pesimista aún la revisión?

Seguramente sí.

Sin embargo, hablar de naufragios en un mundo que colapsa significa apostarle sólo al éxito como fórmula y no a la narrativa vital, llena de atardeceres irrepetibles, como esencia.
Si, la narrariva vital, esa forma libertaria de vida que mide la realización, no por titulares, ni por el aplauso momentáneo, sino por la inmortaliad del instante, de los múltiples, inaprehensibles e invaluables instantes que configuran la vida de uno, la multitumbre -multitud de urdimbres- de pocos.
Ah, grato volver a los nombres y tras ellos a los seres humanos que entretejieron cronotopías, ese punto heisenberiano de la incertidumbre atómica de tiempos y espacios. Momentos volátiles que ya no son, pero que de alguna manera siguen siendo en el andar cotidiano del otro. En su trama, en su urdimbre vital que una sonrisa rescata y valida.
Y en ese cronotópico momento no hay posibilidad para la derrota. Sólo la alegría de haber estado allí, en el irrepetible y valioso proceso de ser, de construirnos como personas, como colectivo, como sociedad, como pueblo.
Porque mencionar a Don Gonzalo Gutiérrez, o a cualquiera de los profesores del Robledo, que padecieron la generación del 78, no es sólo traer al presente las clases de español y de geografía, donde "Mire mellizo, que tal que su mamá, doña Graciela, supiera que tiene un hijo tan maleducado que no saluda al profesor en la calle".
No es sólo recordar a un maestro convencido de su oficio, con la capacidad para donarse en toda la dimensión de sus aciertos y desaciertos, con la paciencia para compartir, ante una treintena de mozalbetes hablantinosos, su amor por "los lánguidos camellos de elásticas cervices" y la precisión para ubicar en los mapas multicolores, cada una de las regiones y accidentes geográficos de un planeta que no tenía lugares secretos y si muchos nombres de asombro para nuestra rural existencia.
Mencionar a Don Gonzalo Gutiérrez -así, con esa forma reverencial que su edad, sus encanecidos cabellos, y su convencimiento pedagógico en lo que hacía, imponían-, es, igualmente, dimensionar el quehacer de tantos maestros y maestras (que no se olvide el necesarísimo e incluyente énfasis) que trataban de construir un mundo mejor con su ejercicio cotidiano. Pero es también recordar a Mora, denominado aquí con esa forma castrense de la educación de entonces, quien tuvo que abandonar sus estudios en tercero de Bachillerato, porque "de que se ríe mellizo, me vio muy narizón, muy desdentado o muy orejon"; cualidades físicas que el "Profe" poseía con largueza.
Y con Mora, recordar a todos los alumnos que tuvieron que desertar de los colegios porque el respeto al profesor no solo era una obligación, sino también una carga impositiva que torcía o construía destinos. Y con él, a todos los camioneros que trashuman "La Línea" en el intento de sobrevivir y ayudar a otros a hacerlo.
Mencionar a Don Gonzalo Gutiérrez, no es sólo hablar del Cyragno pedagogo que atravesaba flemático los andurriales del pueblo bajo lluvias diluviales, sólo para educar con el ejemplo, en el compromiso y la responsabilidad. No importa que muchos no lo entendiéramos en su momento. Es también señalar un aspecto de de la historia de la educación en Colombia, donde los educadores formados en las normales de Pácora o Salamina -¿cuál de ellas existió o aún existen?- trashumaban por la geografía del viejo Caldas convencidos de su misión como constructores de mejores futuros.
Don Gonzalo Gutiérrez es solo una punta del Iceberg que flota cerca de las islas del recuerdo al que nos convoca ahora Luis Fernando Noreña.
En este mismo sentido reitero la invitación a todos aquellos que, de su propia y personal cronotopía, desde su narrativa vital, puedan ayudar a entretejer esa tupida cartografía que significa mencionar a un hombre, en una fecha específica de este mínimo planeta, ubicado en alguna parte de las billonésimas galaxias que nos constituyen como simple y pasajero polvo de estrellas. Pero polvo enamorado, señalaría Don Gonzalo Gutiérrez recordando al poeta español. Porque aquí y ahora, en este blog que promociona la promoción del 78, pronunciar un solo nombre es conjurar el universo. Habrá que llorar significativas ausencias, pero lo más seguro es que reiremos con las noticias del prosopopéyico Meridiano Cultural del Quindío y sus gentes.
A esa enriquecedora tarea que tiene mucho de patrimonio cultural nos invita Noreña desde Valencia, España (¿Hasta dónde han llegado?), para que cada uno de los calarqueños, que entretejieron sentidos con esa generación, escriba y divulgue las tramas y urdimbres que los nombres de esa promoción tienen y han tenido en disintas latitudes del planeta.
Bienvenidos. La dirección del blog es: http://www.blogger.com/ Sus comentarios, que leeremos como noticias, enriquecerán, con sonrisas y quizás con carcajadas, la memoria colectiva.


Carlos Alberto Villegas Uribe

30 de marzo de 2008 8:01

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